Yo lo tengo claro…
La vida puede cambiar tan deprisa que apenas nos concede tiempo para asimilarlo. Un día estamos arriba y otro abajo. Hablemos de Diego Forlán.
Tan solo ha transcurrido un año desde que el uruguayo Diego Forlán se encumbrara como el eterno héroe de una afición colchonera que veía como su equipo, el Club Atlético de Madrid, volvía a levantar un título muchos años después.
¡ÉRAMOS CAMPEONES DE EUROPA!
Pero la gloriosa temporada del siete rojiblanco no iba a terminar en Hamburgo. Unos meses más tarde, en tierras africanas, el rubio delantero encabezaba con sus goles a su Selección Nacional. Fue sin lugar a dudas la sorpresa de este Mundial; nadie apostaba por “La Celeste” pero finalmente terminaron con un meritorio e inesperado 4º puesto.
Proclamado máximo goleador mundialista, los mejores equipos del mundo pugnaban a brazo partido por hacerse con sus servicios.
A pesar de las muchas ofertas recibidas su sentimiento colchonero hizo que las rechazara todas y optara finalmente por quedarse una temporada más en la capital de España.
Daba comienzo su particular transitar por el inhóspito desierto de la suplencia con todo lo acontecido hasta el día de hoy.
Amigos, al margen de cualquier desavenencia, confrontación o problema que hubiera podido ocurrir entre técnico, jugador y afición, recuerden que este jugador nos hizo grandes a todos los atléticos otra vez.
Si no es por lo que es a día de hoy, recuérdenle por lo que fue en el día de ayer y que el resonar de un cantar vuelva a retumbar en nuestros corazones. Canten todos conmigo:
¡U-RU-GUAYO!
César Labrandero









